Aquí proponemos un conjunto de indicadores para cada categoría, algunos de los cuales se consideran "escalables", es decir, diseñados para ser aplicables en diversos ecosistemas, rentables y fáciles de implementar.
Aunque en este informe adoptamos una definición clara de la salud del suelo, esta no incluye directrices específicas sobre cómo medirla o monitorearla en la práctica (Fierer et al., 2021). En particular, qué variables son las más relevantes para evaluar la condición del suelo. Es evidente que la salud del suelo no puede definirse por un único estado "óptimo", ya que varía según los ecosistemas y los usos del suelo (Bünemann et al., 2018; Lehmann et al., 2020). Aun así, ciertos indicadores son consistentemente útiles para evaluar la salud del suelo. Por ejemplo, los suelos saludables suelen estar bien estructurados (salud/condición física), contienen suficiente COS para fijar agua y nutrientes (salud/condición química) y están llenos de vida (salud/condición biológica) (Frene et al., 2024; Raghavendra et al., 2020; Stewart et al., 2018; Wang y Zhang, 2024). La restauración eficaz del suelo aborda estas tres categorías clave de propiedades del suelo: físicas, químicas y biológicas (Raghavendra et al., 2020; Stewart et al., 2018). En este capítulo, proponemos un conjunto de indicadores para cada categoría, algunos de los cuales se consideran escalables, es decir, diseñados para ser aplicables en diversos ecosistemas, rentables y fáciles de implementar.
Dentro de las propiedades físicas proponemos evaluar la densidad aparente y la estabilidad de los agregados ya que influyen en las interconectividades entre plantas y suelos y pueden ser influenciadas por las actividades humanas.
Las propiedades químicas se refieren a la composición y las reacciones del suelo. Estas propiedades determinan la capacidad del suelo para suministrar elementos esenciales a las plantas y otros organismos del suelo, así como para amortiguar los contaminantes.