Además, los esfuerzos de conservación pueden afectar áreas fuera de la zona objetivo. A veces, estos efectos favorecen la conservación, pero otras veces pueden reducir los beneficios generales (Meyfroidt et al., 2020). Por ejemplo, cuando dichas intervenciones restringen el uso de los recursos naturales, las actividades pueden desplazarse a otras áreas y, por lo tanto, reubicar el impacto ambiental. Este desplazamiento, conocido como fuga, puede ocurrir debido a factores económicos (como el traslado de la producción o la variación de los precios), cambios en el comportamiento humano y conexiones ecológicas. La fuga es un problema bien conocido en los programas REDD+ (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación), donde ha sido una preocupación en relación, por ejemplo, con los impactos en la biodiversidad (Harrison y Paoli, 2012).
La fuga de capitales a otras zonas afectadas puede producirse a nivel local (p. ej., cerca de áreas protegidas), regional o nacional (p. ej., por la migración de personas a nuevas zonas) o incluso global (p. ej., afectando a los precios mundiales de las materias primas). La magnitud de esta fuga depende de la dinámica del mercado. Su seguimiento directo resulta complejo y a menudo requiere la elaboración de modelos (Wunder et al., 2025).